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jueves, 27 de enero de 2011

Valkiria.

Caminando por las vacías calles de un pueblo sin nombre, una sombra se deslizaba entre sus camaradas. Estas la ocultaban de los insolentes ojos humanos, siempre tan curiosos, tan abiertos, tan... Ridículos. Olfateó el aire, cargado del olor a establo, por todas partes, intentando localizar a su presa, pero había un fallo en su comportamiento: ya no era un ser sobrenatural, ahora era mortal (asquerosamente mortal) y no tenía las mismas capacidades que antes. Chasqueó la lengua con fastidio, y corrió lo mas silenciosamente posible por las calleh¡juelas llenas de baches. No habían farolas, ni velas, ni nada que rompiera el manto de la oscuridad. Ya era tarde, no era de extrañar. Avanzó, avanzó y avanzó hasta hallar la casa que buscaba. A las afueras, casi fuera del pueblo, allí se encontraría con su víctima. Tocó la puerta, y, a su contacto, la madera de la misma se pudrió y enegreció, quedando reducida a papilla. Sonrió. Siempre tendría ese poder. Siempre. Había sido un regalo de... Oyó un crujido, y se quedó quieta. Bufó. Solo era un animal que pasaba por allí. Entró en la casa, ya sin preocuparse por el ruido que pudiera hacer. Sacó un artefacto extraño de uno de los bolsillos de sus vaqueros negros: una cosa con pinta de móvil, con tapa, pero en vez de números, flechas y símbolos. Avanzó alegremente, silbando una melodía pegadiza que había oído en la radio de su coche de última generación de camino allí. Buscó la habitación principal, y entró... Y todo se puso negro. Es decir, más de lo que estaba antes, y ella perdió el conocimiento.

El ser semi-sobrenatural abrió los ojos unas horas después, en el mismo sitio en el que había caído. Se levantó de golpe, y se puso tensa. Algo SI había cmabiado. Pese a que su primera impresión fue la de que todo estaba igual, ahora veía lo erróneo de su creencia. Todo estaba cubierto por plásticos blancos. Retrocedió, e intentó salir de allí. Fue hacia la puerta, lentamente. Pero al ir a pasar, algo invisible se lo impedía. Un Cristal. Siseó. Odiaba esas cosas, las odiaba terriblemente. Lo pateó, pero este le devolvió la jugada: de su superficie cristalina, salió una copia igual a ella, pero transparente, y aprentemente frágil. Pero ella conocía el Cristal. Era duro, más aún que el diamante. Miró a su doble. Tragó saliva. Se tensó. Sacó su arma, una estilizada pistola de balas de plata huecas, rellenas de agua bendita. Era para vampiros y hombres lobo, pero podría servir en este contexto. O eso esperaba ella.

Yacía en el suelo. Como una muñeca rota, parecía estar inerte. Pero la leve oscilación de su pecho sugería que algo de vida quedaba en ese cuerpo desmadejado y malogrado. Huesos rotos, crujidos espantosos, heridas, sangre, magulladuras... Sobre todo, sangre. Intentó incorporarse. Era difícil. Las manos le temblaban, no la sujetaban. Cayó de bruces contra el suelo, pero ya no podía sentir mas dolor. Su nariz crujió. Más sangre. El dolor pudo con ella. Se desmayó.

Al despertarse de nuevo, no sabía donde estaba. La cabeza le zumbaba, pero ya no sentía dolor, tan solo la sensación de que su piel empezaba a calentarse Intentó levantarse, pero notó que no estaba ni tumbada, ni boca abajo, ni nada. Estaba flotando. Miró a su alrededor, algo más lúcida. Estaba en una burbuja curativa. En ese momento, se percató también de que su piel emitía un sordo siseo, al tiempo que comenzaba a humear. Gritó, e intentó romper la burbuja, pero le era imposible. La situacióm empeoraba por momentos. Se sentía igual que si la estuvieran metiendo en ácido. Intentó romper su prisión con más ímpetu, pero en vano. Pero, aún así, la burbuja la soltó. Cayó a un frío suelo de metal, y una espada se posó con suavidad en su cuello. Tragó saliva, lo que le acarreó un pequeño corte en el cuello. Sonrió burlona a la persona que la amenazaba, intentando parecer decidida y para nada asustada. Logró parecerlo, pero no lo sentía. Sabía que ahora, perdida su condición divina, cualquier humano idiota podría matarla. Su captor la miraba con curiosidad. Pese a lo moderno de los tiempos, llevaba una armadra medieval, con una cruz en el pecho. Un caballero cristiano. Que sorpresa. Ella los creía extintos hace siglos.
-¿Qué eres, criatura? - le llegó la voz del hombre a través de su armadura.
Ella sonrió aún más.
-Querrás decir, estúpido fanático, que era.
El hombre hundió un poco más la espada, haciendo que un peuqeño hilo de sangre manchara la bata blanca de la chica.
-No seas insolente conmigo, ser diabólico. Percibo tus ondas demoníacas desde aquí.
Ella se carcajeó.
-¿Demoníacas, dices? Deja de marcarte el farol, eso no existe. Además, yo no soy ningún demonio. Al menos no en el sentido estricto de la palabra. De hecho, hace mucho tiempo ya, tu "dios" me eligió como guerrera de su causa.
El hombre soltó un gruñido.
-¡Mentirosa! Solo quieres salvar tu cabeza. Pero conmigo esos trucos no funcionan. Yo sirvo al Señor, soy un caballero cristiano - "ya me había dado cuenta, ¿sabes?" - y no permitiré que me engañes.
Ella le miró con fastidio.
-¿En qué te basas para afirmar que soy un "ser demoníaco y en que te estoy mintiendo"? ¿Eh?
-Por que el Señor jamás escogería a una mujer como guerrera. Las mujeros sirven para dar a luz a nuevos guerreros, pero no para serlo. Todo el mundo lo sabe.
Ella hizo una mueca entre el fastidio y la risa.
-¿Has oído hablar de las valkirias, soldado?

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