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jueves, 27 de enero de 2011

Mi Historia sin Título Provisional, Capítulo 3.

Tom llegó del trabajo (de agricultor) con la ropa llena de manchas de tierra y sudor. Casi me sorprendió no ver sangre. No estaba de muy buen humor, y la gota que colmó el vaso, fue la noticia de la invitación del alcalde Eliott.
-Uff… ¿Otra vez? Ya tengo el ayuntamiento muy visto, no me hace falta.
-Si, pero yo ya he aceptado por ti, así que no tienes más remedio que ir, te guste, o no – le respondió Aya, con las manos en las caderas y una cuchara de madera en una de ellas. Imponía.
-¡¿Y por qué narices has dicho que sí en mi lugar?! ¡Sabes que lo odio! – le gritó él. Las tensiones estaban de vuelta.
-Euh… Vamos, Tom, cálmate, no es para tan… - empecé a decir yo. Pero…
-¡¡¡QUE NO ES PARA TANTO!!! ¡¡¡YA TE DIRÉ YO QUÉ NO ES PARA TANTO!!!
Estaba muy, muy enfadado. Cuando el alcalde Eliott vino, Aya estaba irritada, pero no hasta ese punto. Tom subió las escaleras haciendo resonar con fuerza sus pasos por las escaleras, y su pelo plateado agitándose furiosamente. Lo último que ví de él al girar por el pasillo hacia su habitación, fue un destello plateado provocado por la luz que entraba por la ventana del mismo pasillo. Me pareció que su reacción era exagerada.
-Oh, por todos los dioses… - dijo Aya, como diciendo “ya estamos otra vez”.
Los dioses a los que se refería, eran Los Cinco Supremos, Las diosas del fuego (Ignis), el agua (Fluvia) y el aire (Leiggera), y los dioses de la madera (Wob) y el metal (Ferro).
-¿Siempre es así con el alcalde Eliott? – pregunté.
-Ya deberías saberlo – me dijo, recogiendo el pelo rosado en una coleta y poniéndose a fregar los platos. Sus ojos azul medianoche, tenían un brillo húmedo, que los hacía parecer un cielo con estrellas.
Agachó la cabeza, y el flequillo le tapó el rostro. Su cuerpo comenzó a convulsionarse ligeramente, y me apresuré en ir a abrazarla. Me estrechó con fuerza, y enterró su cabeza en mi hombro. Humedeció mi camisa, mientras decía con la voz quebrada:
-Yo… creía que… que ahora Tom… estaba mejor. Pero… sigue… exactamente igual – sollozaba.
Se me partía el alma de verla así, pero lo único que podía hacer, era consolarla, e intentar hacer entrar a Tom en razón. Así que me puse manos a la obra. Me separé ligeramente de Aya, que me miró con unos ojos llenos de una pena tan infinita, que tuve ganas de seguir abrazándola por el resto de mi vida, protegiéndola de todo lo que pudiera hacerle daño. Tomé su hermoso rostro entre mis manos con suma delicadeza, y junté mi frente con la suya. Ella cerró sus ojos, y unió nuestros labios en un beso profundo y con una calidez sorprendente. No quería separarme de ella, pero a duras penas logré recordar el lúgubre cometido que me esperaba. Suspiré, y el suspiro se coló entre los labios de Aya. Me separé de ella, y la miré con una sonrisa resignada. Me fui a las escaleras, y ella me preguntó:
-¿A dónde vas? Por ahí se va a la habitación de Tom – dijo de lo más alarmada.
-Lo sé. Voy a amansar a una fiera – soltó una carcajada de incredulidad.
-Suerte. Si sobrevives, te espero en mi habitación. Nos vemos. O no – risueña, se dirigió a la cocina.
Suspiré. En qué lío me había metido, y además, yo solito. ‘¡A ello!’ pensé, mientras me precipitaba escaleras arriba, dispuesto a acabar con el mal humor de Tom.
La madera crujía bajo mis pies, y yo sudaba a mares, de las ganas que tenía de poder saltarme todo aquello. Procuré caminar despacio, para que no se pudiera oír el susodicho crujido. Cuando llegué a la habitación de Tom, toqué tres veces la puerta, que resonó en el silencio como los pasos que da un condenado camino al patíbulo, o eso me pareció a mí.
Después de un rato de manosearme las manos, y llenármelas de más sudor del que ya tenían, Tom abrió la puerta. Llevaba su habitual expresión de mala uva en la cara, pero su cabello plateado, parecido al de un ángel, hacía que su cara desentonara de todas todas con él.
-¿Qué? - fue su demanda.
-Esto… yo… Yo sólo… - me miraba más enfadado cada vez, y yo me ponía más nervioso a medida que pasaba el tiempo, lleno de silencio incómodo.
-¡¡OH, VAMOS, ¿¿NO ERES CAPAZ DE DECIR UNA SIMPLE FRASE??!!- me reclamó. Sus gritos hicieron que me cayera al suelo, con una cara llena de estupor.
-Sólo quería – dije mientras me levantaba – decirte que me gustaría saber por qué eres tan irritable y escandaloso, y por qué no puedes quedarte tranquilo un rato.
-No es asunto tuyo – iba a cerrar su puerta, pero yo se lo impedí interponiendo la puntera de mi zapato entre la puerta y el marco. Casi me quedo sin pie, pero mereció la pena.
-Estoy harto de que me digas que no es asunto mío. Cuéntamelo de una vez, Thomas – exigí con la mayor seriedad posible.
Me miró con una cara que expresaba rabia, odio y envidia, pero sobre todas ellas, como una máscara, la envidia. Esta cara sólo duró un instante, pero pude apreciarla con toda claridad. Le dejé cerrar la puerta, totalmente perplejo.
Bajé las escaleras y me dí cuenta de que la cocina estaba vacía. Vaya. Ahora que me acordaba, Aya me había citado en su habitación, no en la cocina.
Algo me distrajo de tamañas cavilaciones. Un chasquido como es de un látigo resonó en el piso superior, e, inmediatamente, un ruido, como algo cayendo al suelo. Subí a toda prisa, y me encontré con una escena que me puso la carne de gallina, y me inspiró tal terror que no soy capaz de describirlo con toda exactitud: Aya estaba en el suelo, apoyada en una mano, la otra cubriendo su cara, de la que manaba un hilo de sangre. Tom, por el contrario, parecía un toro furioso: las aletas de la nariz dilatadas, las manos cerradas en puños, y la respiración agitada de quién se sabe víctima de su propia estupidez.
Me acerqué presuroso a Aya, y la examiné con cuidado, tratando de no tocar mucho las zonas doloridas. Sólo era un corte provocado por la bofetada que Tom le había propinado. Le miré con una cara de incomprensión total, mezclada con pánico, y saqué a Aya de allí. Ella sollozaba levemente en mis brazos de camino a su cuarto. Era un pequeño bulto tembloroso, con un aspecto tan frágil, tan diferente a su verdadera naturaleza...
Una vez en su habitación, la deposité con suavidad en la cama. Se hizo un ovillo y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Algo desconocido se apoderó de mi persona, y me sentí prisionero de mis emociones. Ver así a Aya me enfureció, me enervó, me puso iracundo. Ahora mi conciencia era una marioneta manejada por mi cuerpo. No sabía lo que hacía, y eso me asustaba. Me dirigí hacia la puerta, pero todo estaba borroso, distorsionado. La abrí de un tirón, y me precipité pasillo arriba, en dirección a la habitación de Thomas. Abrí la puerta de una patada, haciéndola desencajarse de los goznes. Tom miraba por la ventana, pero se giró sobresaltado cuando me vio (y oyó). Un brillo cristalino en su mirada me dejó clavado en el sitio. Se lo limpió inmediatamente, pero era tarde, pues ya lo había visto. De repente, me vi a mi mismo de pie en una habitación ajena, con una puerta destrozada a mis pies, y un chico triste a mi lado. Parpadeé un par de veces, contento de haber recuperado el control de mi mismo, y me senté en la cama. Tom se sentó a mi lado, curiosamente callado.
-Yo... L-lo sient... - no pude terminar la frase - !!!
Algo me lo impidió. Un contacto cálido en mis labios me impedía hablar. Algo insistente, cálido y húmedo. La sorpresa me recorrió como una descarga. Tuve un pequeño escalofrío, seguido de cerca por la parálisis total del cuerpo. Me levanté bruscamente de la cama, y, sin una sola palabra, me dispuse a irme, liberado ya de sus labios y la parálisis. Pero él tuvo la osadía de coger mi mano, para retenerme.
-¡Por favor, Hiro, espera!

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