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jueves, 27 de enero de 2011

Lluvia.

Yendo de vuelta a casa, de nuevo, la misma sensación. Ese temblor de piernas. Los latidos locos de mi corazón. Esas mariposas revoloteando en mi estómago. Siempre igual.

Camino de vuelta a casa con una amiga desde el instituto. Siempre en el puente, siempre con sus amigos. Siempre. Nos cruzamos, le miro disimuladamente. En el momento de pasar a su lado, mi acelerado corazón se detiene un instante más de lo debido. Me quedo sin aliento, y me detengo yo tmbién un breve instante. Un maravilloso instante en el que parecemos estar los dos solos. Nadie más en el mundo que él y yo. Pero luego de ese cruce, todo vuelve a la normalidad: el ruido y la gente que lo produce. Mi momento especial pasa. Como si nunca hubiera existido. Y él sigue su camino como todos los días, sin percatarse siquiera de que yo le observo desde las sombras desde hace mucho tiempo ya.

Al llegar a casa, se lo cuento todo a mi diario, le cuento mis sensaciones y sentimientos, todo guardado en tinta y papel, mientras mi mano tiembla al recordar ese temblor de piernas. Los latidos locos de mi corazón. Esas mariposas revoloteando en mi estómago. Y lo revivo todo de nuevo. La sensación de estar sola en el mundo sin más compañía que la de mi razón de vivir de cabellos rubios y ojos como esmeraldas, y yo, su protectora y guardiana, su cuidadora de todos los males. Y me acuesto con su rostro alegre y pícaro en la mente.

Al día siguiente, la misma rutina: Salgo del instituto con ansias ya de ver a mi bocanada de aire fresco, mi razón de vivr, mi ángel, y yo su protectora. Al cruzarnos de nuevo, lo mismo. Ese temblor de piernas. Los latidos locos de mi corazón. Esas mariposas revoloteando en mi estómago. Y mi corazón de nuevo, que se detiene un instante más de lo debido. Me quedo de nuevo sin aliento, y me detengo ese mismo breve instante. Siempre igual. Mi rutina. Mi salvación de la locura. Y nadie parece notarlo. Ni siquiera él.

En casa de nuevo, contando todo a mi diario. Sólo él y yo lo sabemos. Sólo él y yo sabemos de mi ángel de cabellos rubios y de ojos esmeralda. Pero siempre anhelo más de él. Pero nunca tengo la osadía de tomarlo.

Al salir de clase de nuevo, me armo de valor. Cuando me lo cruce, pensaba, le pararé y le saludaré. Comenzaré a entablar algo. Una relación, una amistad. Algo ínfimo. Un mero puente entre ambos. Algo que me permita entrar en su mente, en él. Solo conocerlo un poc mejor, saber su nombre tal vez. Pero, de nuevo, al salir de clase, me lo encuentro. Lo que no encuentro es el valor de afrontar la vergüenza que me produce su mera presencia. Suspiro, rompiendo la rutina, dejando pasar el momento especial de mi monótono día.

En casa, una desoladora tristeza me invade. Me tiro en mi cama, llorando, y dejando a mi diario a un lado, rompiendo de nuevo la rutina. Una página en blanco. Un momento sin documentar, sin ser encerrado en esa prisión de papel y tinta a la que llamamos 'palabras'. Sin ser recordado por nada ni nadie. Sin que que nada ni nadie pueda vivirlo de nuevo una vez más. Ni siquera yo. Porque no quiero recordar ese momento, causado por la vergüenza y la debilidad.

Al día siguiente, perdidas ya mis esperanzas, salgo de clase, sola esta vez. Al llegar al puente, me percato de su presencia en la barandilla. Me acerco con paso lento y vacilante, con timidez por ser descubierta. Está solo, como yo. Observa el cielo, cubierto de nubarrones que amenazan con descargar sus lágrimas sobre nosotros. Alza la cabeza y cierra los ojos, como esperando a la lluvia, tentándola a mojar su rostro, a empapar sus ropas.Yo solo le observo a él. Antes de apoyarme en la baradilla, oigo un resonar de pasos. Unos zapatos de tacón. Una chica joven, de la misma edad de mi ángel. Se acerca a él, con sensualidad, tentándolo con sus curvas, como hacía él con la lluvia. Él cede a sus encantos, y la abraza. Acuna con suavidad la cara de ella entre sus manos, la llama por su nombre, y la besa con una dulzura infinita. Se me desgarra el alma. Algo me abandona para siempre. La esperanza, la felicidad, todo lo bueno en mí, se va, se eleva al cielo, del cual comianzan a caer gotas de agua. Pocas primero, muchas después. Me doy cuenta de que se han ido. Ya no sé si lo que corre por mi cara son mis lágrimas o la lluvia, tratándo inútilmente de borrar lo que acababa de ver.

Llego a casa empapada. Mi madre me regaña por llegar tarde y por mojar el suelo. Me encojo de hombros y aguanto la regañina. Subo a cambiarme, y tiro mi diario a la basura. Lo saco y lo tiro a las llamas de la chimenea. Observo sus páginas consumirse, oigo el crepitar de las llamas, huelo su olor a azufre. Oigo el lastimero gemir de las páginas convertirse en ceniza. Lo ignoro y me acuesto.

Durante varios días, dejo de verle.

Cuando salgo de clase, sin esperanza ya de verle a él ni a sus amigos, les veo a todos, menos a él, de negro. Un mal presentimiento hace que mi estómago, donde antes había mariposas, ahora haya un vacío que se expande y cotrae de nervios. Pregunto por él. Algunos me miran tristes y extrañados, otros se echan a llorar. La chica de los tacones, solloza como una Magdalena. Me temo lo peor. Pero... No puede ser. Él es mi ángel. Él tiene que estar allí. Sin él, nada tiene sentido... Me hablan de un accidente, una caída, un fallecimiento súbito. ¿Dónde? En una excursión. En el Camino de Santiago.

Me voy corriendo. Me han dicho la fecha y la hora del funeral. Me cambio a toda prisa y salgo de casa elaborando un plan en mi dolorida y entumecida mente. Llego a tiempo. Sus amigos me ven y me hacen señas para que vaya junto a ellos. No me conocen, pero ya me tienen por una amiga. Me acerco al féretro, y le veo en todo su esplendor, pero algo hace horrible esa imagen: Una horrible brecha abre su cabeza desde un lado de la frente al otro.

Al cabo de un tiempo, nosotros vamos de excursión. Al Camino de Santiago.

En uno de los postes del Camino, aparece una foto, una fecha, un nombre, y un ramo de flores frescas. Miro la foto, y lo compruebo. El temblor, las mariposas y los latidos. Es él. Pongo en marcha mi plan. Saco el cuchillo, y... Me reúno para siempre con mi ángel, caídos ambos de la Tierra entes de poder conocernos.

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