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jueves, 27 de enero de 2011

Let the Music Begin Capítulo 2.

Una vez en casa, Violeta se puso a pensar. Y de pensar y pensar, no volvió al instituto en varios días. Marcos cada día se preocupaba más,hasta que, tres semanas después, Violeta apareció de nuevo en clase. Pero no era la misma de antes. Un brillo febril iluminaba sus ojos. Sus cabellos marrones y lacios, largos, que le caían en cascada a ambos lados de la cara, ahora se veían recogidos en un moño rápido con mechones sueltos. Su ropa se veía sucia y descuidada. Y ella misma estaba pálida, ojerosa y demacrada, como si no hubiera comido nada en esas tres semanas.
-¿Que te ha pasado, Vi? - le dijo Marcos entre susurros nada más comenzar la clase.
Ella no respondió. Pareció no darse cuenta.
-¿Vi?
-¿Eh? He estado ocupada, ¿por? No han sido tantos días - respondió ella, cuando oyó su nombre.
-¡Han sido tres semanas! - el tono de voz de Marcos denotaba que deseaba pasar de los susurros a los gritos de frustración.
-¿Ah, si? - ella parecía desconcertada. Se puso a contar con los dedos - ¿Qué día es hoy?
-Doce.
Ella abrió mucho los ojos.
-Dime que no es verdad. ¿Tanto?
-Tanto.
-Uf... Bueno, no importa. Ha merecido la pena.
-¿Y qué es lo que te absorbió de tal modo? - aunque intentaba parecer sarcástico, Marcos todavía estaba profundamente preocupado.
-Te lo enseñaré luego...

A última hora, Marcos se acercó a Violeta entre la multitud.
-Oye Vi, ¿qué era lo que querías enseñarme?
-¡Ah, si! Es algo que he compuesto, mañana lo tocaré en clase de música. ¡Te va a encantar!
-¡Eh! ¡No te vayas!
Demasiado tarde, Vi había salido corriendo y ya no podía oírle. Y de haberlo hecho, no le habría hecho caso. Marcos se rascó la cabeza.
-Mierda... Se me había olvidado decirle que mañana me voy...

Al día siguiente por la mañana, Vi acogió la noticia como un puñetazo en la mandíbula.
-¡¿Porqué no me lo dijiste antes?!
-¡Porque se me olvidó!
-¿A qué hora?
-En diez o quince minutos.
-¿No irás a música?
-No...
-Bueno, ya te lo enseñaré la semana que viene.
Los ojos de Violeta comenzaron a escocer. La comisura de sus labios temblaba ligeramente. ¿Cómo podría enfrentarse a todo esto ella sola? Si Marcos no estaba allí para apoyarla, ¿cómo podría ella ejecutar su plan maestro? ¿Cómo tocaría la partitura que decidiría el destino de la humanidad?
-Vi... No llores... - la abrazó, cálida y reconfortantemente.
Ella sorbió por la nariz, y le dijo:
-Solo porque tú me lo dices, por que si no...
-Je je. Vale, vale - la soltó y se puso la chaqueta -. Nos vemos en una semana, ¿vale? No hagas cosas raras.
-Si, si, lo que tú digas. ¡Ciao!
-¡Adiós!
Marcos salió por la puerta principal. Violeta se le quedó mirando un rato. Luego, sacó unos papeles revueltos y sucios, llenos de pentagramas y anotaciones, notas y compases, ligaduras y picados, todo hecho a mano, y sonrió. Sonrió como nunca antes lo había hecho. Con la felicidad y la convicción absoluta de que si esa obra era ejecutada y oída por todos, todo el mundo quedaría a sus pies. No para fines egoístas, por supuesto. Si no para mejorar la asquerosa sociedad moderna, tan automática, que no sabe valorar la verdadera esencia de las cosas, de la música, la pintura, ¡El Arte!.

Subió las escaleras, todavía con esa sonrisa en la cara, feliz y aterradora a un tiempo, y entró en el aúla. Sin preguntar a nadie, se sentó en la banqueta del piano, colocó las seis hojas delante de ella, y comenzó a tocar. Sus finos dedos se deslizaban con agilidad maestra sobre el teclado, tan rápido a veces que era realmente difícil distinguirlos, entretejiendo una melodía aterradora, disonante. Primero, unos acordes introductorios, subiendo rápidamente de tonos, a unas notas algo más agudas. Después, una melodía en otro tono en otra escala, que no concordaba para nada con el bajo de acordes y notas sueltas. Haciendo un uso abusivo de las alteraciones accidentales, Violeta tocaba como si le fuera la vida en ello. Y posiblemente, así fuera. Si todo esto salía mal, lo pagaría con su vida. Había tcado tantas veces esta pieza, en tan pocos días, que sus dedos se habían lastimado. Los llevaba llenos de vendas, pero al volver a tocarlo ahora, y con más intensidad si cabe que en casa, las yemas no lo soportaroon más y comenzaron a sangrar. Debajo de las vendas, todo estaba en carne viva. Le dolían las articulaciones, las muñecas, el brazo, todo, todo hasta los hombros. Pero no paró, siguió, hasta el final de la obra, de su obra en conjunto con... Con ella, con su musa, y, tan solo cuando la última nota se hubo disuelto en el aire, paró. Se detuvo abruptamente y miró las teclas. Tenían manchas rojas, arrastradas por toda la esxtensión del piano. Se quitó los vendajes y los cambió con parsimonia. Se levantó, recogió las partituras, y, segundos antes de salir de clase, los ojos de todo el mundo comenzaron a llorar lágrimas negras grisáceas. Ella los miró, esperando la reacción final a su música. Todos cayeron muertos al suelo, y no tardaron en convertirse en simple polvo.

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