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jueves, 27 de enero de 2011

Let the Music Begin Capítulo 1.

La profesora se inclinó sobre la mesa, y, con un fluido movimiento de muñeca, movió el puntero hasta un archivo musical, de título "Pangea". Rápidamente, después de dar al play, abrió un documento con una partitura escaneada. El mismo título encabezaba la misma. Cuando un murmullo bajo comenzó a sonar por los altavoces, los estudiantes del aula de música callaron lentamente, pero hasta el último cuchicheo se apagó. Una melodía salvaje y misteriosa llenó el ambiente, y todos quedaron bajo su hechizo. Traía recuerdos lejanos, de una tierra desconocida, virgen y misteriosa como la melodía misma, de indígenas ocultos tras grandes hojas, del miedo a entrar en lo desconocido... La gente comenzó a marcar el ritmo con unos golpecitos de pie, alguno sonrió, complacido, mirando a su compañero de pupitre. Solo una cerró los ojos y escuchó la verdadera esencia de la música, su alma, el secreto escondido entre sus notas. Cerró los ojos con deleite, y, cuando llegaba la mejor parte... Sonó la campana, y el hechizo se rompió. El aula se llenó de gritos y risas, de críticas punzantes hacia la música, del sonido de las cremalleras de las mochilas al cerrarse, y de los pasos acelerados de los estudiates por salir. Al fin y al cabo, era viernes a última hora, ¿quién querría perder su tiempo escuchando una canción estúpida? La única que no hizo ademán de recoger, fue la misma que mantuvo los ojos cerrados, la única que pareció disfrutar realmente con esa clase. Violeta. Se levantó, lentamente, sin prisa, y comenzó a meter las cosas en la mochila, que caían con un ruido sordo al chocar contra los libros y la carpeta. Cerró la cremallera y salió con paso lento pero firme del aula de música.
-Violeta...
La aludida se giró para mirar a la profesora.
-¿Si?
-¿El lunes puedes ayudarme con unas cosillas antes del exámen? Yo me encargo de que te dejen salir unos minutos antes.
-Claro - esta se encogió de hombros -. Sin problemas. Hasta el lunes.
-Hasta el lunes.
Retomó su salida y, pasillo abajo, unos estudiantes mayores, de segundo de bachillerato, la empujaron contra la pared, en su carrera para ver quién llegaba antes a la salida. El ruido ensordecedor de sus pasos la acompañó hasta que la pesada puerta de metal de la entrada del centro se cerró tras ella. Cerró los ojos un instante, y, después, se fue a su casa sin hacer ninguna parada.

Violeta Sánchez era una estudiante de secundaria, de catorce años, y con una, según sus padres, malsana afición por la música. Callada y reservada, no tenía más amigos que sus instrumentos, aparte de un chico de su clase, Marcos, que parecía ser el único que la entendía. Violeta no destacaba especialmente, pero tampoco era mala estudiante. No tenía problemas para compaginar el instituto con unas clases de música que ocupaban todo su tiempo libre. Réquiems, sonatinas, estudios, etc etc... Eso era todo lo que la muchacha escuchaba. Jamás consideró el rasgueo de una guitarra eléctrica como música de verdad. Para ella la música no era algo que se hiciera por fama, dinero, admiradores, o incluso poder. Era algo hermoso que no merecía ser mancillado de tal modo. Cada nueva melodía le traía recuerdos ajenos, de alguien que compuso, y escribió esas notas henchido de odio, amor, rencor o dolor. La música era todo su mundo, todo lo que le importaba, estando incluso por encima de las personas. Cuando tocaba música, oh, entonces era cuando más feliz se sentía. Cuando acariciaba, con suavidad, con ternura, las teclas de su piano de cola, y las notas se hilaban y entrelazaban formando una melodía, era cuando sentía que su alma estaba en perfecta alineación con el universo. Eran sus momentos especiales, y odiaba que la interrumpieran. Su enfado era digno de recordar. Lanzaba cosas, gritaba, se ponía roja, y tenía un ataque de asma. En raras ocasiones pasaba, porque sus padres ya sabían que no era conveniente molestarla.

Al día siguiente, el reloj biológico de Violeta la despertó a las seis y media, con tiempo suficiente para tocar una pequeña obra de Burgmüller. Se levantó de la cama, sus pies rozaron la moqueta que cubría todo el suelo de su habitación. Fue hacia la pared en la que estaba su "calendario musical" y observó con detenimiento la obra de hoy.
-"Arabesque"... - susurró.
Se sentó en la banqueta, y, con movimientos parcos y precisos, ni uno solo innecesario, tocó sin mirar siquiera la partitura el "Arabesque" de Burgmüller. Los acordes, los bemoles y los sostenidos, las ligaduras, todo, todo, estaba en su cabeza, anclado a sus recuerdos, y a su memoria muscular. Cuando acabó, la última nota se disolvió en el ambiente. Esperó unos segundos antes de levantarse tranquilamente y dirigirse hacia el baño.

El timbre sonó. Los alumnos ocpuaron sus lugares. La hora de sociales estaba a punto de comenzar. El profesor entró en la clase, y saludó al alumnado. Los alumnos devolvieron, desordenadamente, el saludo.

Cincuenta minutos después, el timbre volvió a sonar. Sin embargo, no todos los estudiantes seguían en los asientos. Violeta había subido unos minutos antes.
En el aula de música, la profesora había llamado a Violeta para que le ayudara a mover unas mesas y a distribuir la hoja del examen teórico encima de las mesas.
-Bueno, esto ya está... - "RIIIING!" - ¡Vaya! Creo que deberías ir a recoger tu mochila, Violeta. El resto del alumnado no tardará en volver.
Ella solo asintió. Era una chica de pocas palabras. Iba a salir por la puerta, pero, por algún motivo, dejó la mano descansando en el pomo, atenta a los ruidos del exterior.
-¿Eh? ¿Te pasa algo?
-No, nada...
Abrió la puerta y bajó rápidamente las escaleras.

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