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jueves, 27 de enero de 2011

Historia sin título.

Eva volvía a casa corriendo. Su padre la mataría, llegaba tardísimo... Pero tenía una excusa: la profesora la había retenido en clase, para un trabajo de grupo o alguna chorrada por el estilo. Si, eso valdría.
Siguió corriendo en dirección a su casa, mientras este pensamiento reconfortaba su mente. Si al menos su padre no la obligase a base de golpes a volver pronto, igual no tendría que inventarse estas estúpidas excusas. Suspiró, con la tristeza acumulada de varios años de maltrato y humillaciones.
Estuvo a punto de tropezar con una farola, así que dejó ese deprimentes pensamientos, en el cofre de su memoria, guardándolos para, el día oportuno, poder olvidarlos sin que las heridas inflingidas tuvieran ningún peligro de volver a abrirse.
Llegó jadeando al portal, y, de un empujón, abrió la puerta.
-¡Ya estoy en casa! - gritó, pero nada más dejar de hablar, recibió el primer golpe: su padre le había cruzado la cara con un bofetada. Ella se aguantó las lágrimas, pues sabía que lo peor estaba aún por llegar. Se tocó la zona dolorida con la mano, y tragó saliva, esperando el siguiente golpe, aguantando y sufriendo, llorando y sangrando por dentro de su ser, y ahora también por fuera.
-¡Joder, Eva, si te digo que vuelvas pronto, es que vuelvas pronto! - los gritos de su padre resonaban en su cabeza, impidiéndole argüir su brillante excusa. Pero ahora se daba cuenta de que hubiera sido igualmente inútil.
Al cabo de unas horas de interminable sufrimiento, una luz se iluminó al final del túnel: su padre tení hambre, así que por hoy, la paliza había terminado. Se levantó. Al ir a hacerlo, su tobillo se contorsionó de forma extraña y la hizo caer de bruces al suelo, pero, como se apoyó en la mano, eso también le hizo notar el horrible dolor de la lesión allí oculta. Gimió, pero pudo arrastrarse hasta su habitación. Se tumbó en la cama, y durmió. Y soñó con mundos maravillosos. Con gente que la quería, que la respetaba. Que la necesitaba. Y una lágrima rodó por su mejilla.
A la mañana siguiente, Eva no podía ni moverse. Intentó levantarse, pero sus miembros no le respondían. Noperdió los nervios. No era lo habitual, pero tampoco era nada muy extraño. Empezó con unos ejercicios para mover los dedos de los pies, y así con el resto del cuerpo. Cuando hubo terminado, se levantó, pero su tobillo la hizo caer de nuevo.
-Nooo... - se lo miró y estaba hinchado. Justo lo que le faltaba. Se hizo una bola sobre sí misma, y se quedó en el suelo un rato, sopesando cada posibilidad con un cuidado milimétrico. Ir al médico y alegar una caída, no le parecía mala idea. Suspiró. Llegó como pudo al baño, y se arregló para salir.
En la consulta del médico, la pobre Ana no sabía que hacer. El tipo la miraba con una cara extrañada,mientras murmuraba algo de "lesiones por una caída, no son así...".
Ana estaba muy roja. Insistía en su versión, y el médico tuvo que creerle. Sin mucha convicción, la dejó marchar con unas muletas y unas vendas.

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