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jueves, 27 de enero de 2011

Asassin, Capítulo 2.

Al día siguiente estaba fresca como una rosa. Me puse el uniforme blanco, solo para los tres mejores. Los demás van todos de negro. En las pruebas de ese año yo había quedado, por supuesto, la primera. Cogí los libros y salí fuera de casa con las llaves en la mano. Esperé durante un minuto antes de que apareciera el autobús escolar. Dos agentes se habían ofrecido para hacer de mis padres cuando fuera necesario. Yo los escogí por el parecido físico. Ya que yo tengo el pelo negro, ojos verdiazules, piel pálida, necesitaba dos personas que coincidieran con la mezcla que era yo. Costó mucho, pero al final los encontré. Sonomi y Kaito. Mis 'padres'. Verdes los ojos de ella, azules los de él. Ambos de pelo negro. Cuando bajé del autobús, todos se me quedaban mirando. Intenté ignorar sus miradas. No fue muy difícil. Estaba acostumbrada a que la gente se girase a mirarme. Un grupo de chicos se me quedaron mirando mientras cuchicheaban entre ellos. Me lanzaron unos cuantos silbidos y me giré a mirarles con una mirada 'melosa'. Se miraron entre ellos e hicieron ademán de seguirme, pero me giré bruscamente y les dí a entender que no deseaba eso. Los miré de reojo y me di cuenta de que estaban decepcionados. Me reí por lo bajo. Llegué a mi clase de las primeras. Me presenté al profesor y me senté en mi pupitre mientras compañeras y compañeros me asediaban a preguntas. Les mostré mi mejor sonrisa y contesté con los datos falsos de la Asociación, lo único verdadero eran mi nombre (Juuri) y mi dirección. Los chicos me miraban de una manera que me hacía sentir un objeto, y las chicas no disimulaban demasiado bien su envidia, pero confiaba en que me acostumbraría a ello con el tiempo. Me preguntaba en dónde estaría mi compañero de pupitre, el segundo de la clase si no me equivocaba (que nunca lo hago), cuando el profesor dijo:
-¿Alguien ha visto a Yuki? - mi compañero -. Ya debería haber llegado.
Todos respondimos que no, y el profesor, extrañado, mandó orden a la clase. Tanto mejor, me dije, así tendré el pupitre para mi sola. Las clases fueron largas y tediosas, pero al ser el primer día, esa sensación se minimizó un poco. Cuando terminaron las clases, los alumnos hicieron planes. Me preguntaron si quería ir, y yo me mostré conforme. Quedé en ir al cine el sábado a mediodía con algunas chicas y el grupo de chicos que me observaba en el patio. Todos se pusieron eufóricos. Uno de ellos incluso me pidió para salir. Obviamente le dije que no, que apenas nos conocíamos y que tal vez más adelante la cosa pudiese salir bien. No pensaba implicarme en una relación amorosa, al menos no tan pronto. Una vez en casa, hice mis deberes y me cercioré de no tener mensajes nuevos de la Asocioción. No había ninguno. Dediqué la tarde a hacer footing por toda la ciudad y llegué a casa exausta. Me hice algo de arroz con pasta de judías para cenar, me dí un baño, y me fui a dormir.

Al día siguiente ocurrió algo inusitado. Todo fue normal hasta que entramos en clase. Había un chico nuevo. Sabía que era nuevo por que si lo hubiera ayer, me acordaría. Para eso estoy entrenada, ¿no?, para recordar hasta el más ínfimo de los detalles y saber recordarlo en el momento indicado. Pero aquella cara si la recordaba. No de la clase, por supuesto, sino de otro sitio. Esos ojos verdes, ese pelo rubio, y esa complexión atlética me resultaban muy familiares... ¡Tate! Me resultaban familiares por que esos rasgos era casi exactamente iguales a los de aquel hombre, al de antenoche. El traficante de armas. Me quedé de una pieza. Pero en mi cara no había signo alguno de tensión, o de la sorpresa que me embargó cuando hice la conexión. Me senté tranquilamente en mi pupitre y me giré hacia el chico nuevo. No pareció darse cuenta del gesto. No me extrañó demasiado, teniendo en cuenta que tenía los ojos anegados en lágrimas. Por una vez en toda mi vida me sentí culpable. La sensación de querer soltarlo todo, de decirle a este chico relativamente atractivo que yo era el motivo de su pena, y no poder hacerlo era espantosa. Me dolía el corazón de pensar que había apagado la chispa vital del padre de este chico. Yuki. Ese era su nombre. No sabía su apellido, pero eso era lo que menos me importaba. Miré su uniforme blanco. No me equivocaba (que nunca lo hacía), era el segundo, porque el tercero era un chico con granos y gafas llamado Rido. Contuve el impulso de abrazar al chico y me presenté.
-Hola, yo soy Takahashi Juuri - le dije mientras le tendía mi mano. Tras dejarla ahí un rato, no obtuve respuesta, así que bajé la mano y le pregunté, con toda la inocencia que fui capaz de simular:
-¿Te ha pasado algo?
Me miró, y sus ojos verdes expresaban tal tristeza, que no pude evitar morderme el labio y fruncir ligeramente el ceño de preocupación. Ese traficante debía de ser buena persona fuera del mercado negro.
-Hola, yo soy Takeuchi Yukito. Puedes llamarme Yuki. Encantado - dijo con voz apagada.
-¿Que te ha pasado? - volví a preguntar.
-Yo... anteayer asesinaron a mi padre.
Me tapé la boca con ambas manos y le miré con los ojos desmesuradamente abiertos, con una fingida sorpresa.
-¿De... de verdad? - dije.
Por toda respuesta, él asintió. Le puse la mano en el brazo y le dije en voz baja:
-Lo siento. Ha debido de ser horrible.
-Horrible - asintió él.
En ese momento entró el profesor en la clase y mi compañero se levantó del asiento, para justificar su falta de ayer, supuse. Se acercó al profesor y le dijo algo al oído, que lo dejó profundamente impresionado. Luego de que él volviera a su asiento, el profesor dijo:
-Chicos, chicas, el padre de Yuki - no se anda con rodeos este hombre - fue asesinado anteayer por la noche. Se celebrará un funeral multitudinario el sábado a las 12:00, en el cementerio. Los que deseen acudir pueden hacerlo con total libertad, ¿no es así, Yuki? - el aludido asintió y dejó la cabeza gacha. Le puse una mano sobre el hombro, y cuando me miró, le dirigí una sonrisa genuina, pero triste. Pero algo más ocurrió. Algo en mí interior se descolocó. Algo para lo que no estaba preparada, todavía, no. Un recuerdo afloró en mi mente...
-¡Nooooo! - me gritó él, cuando estaba a punto de cercenarle la cabeza a una cocainómana. Le miré y él me devolvió una mirada culpable. No pude evitarlo. Solté el hilo de diamante y aflojé la presa sobre el cuello de ella, que escapó de mis brazos con un jadeo nervioso y corrió a los brazos de él. Le miré. Nunca tuve la más mínima oportunidad. Habría hecho lo que fuera por ese hombre. Pero había algo que se escapaba de mi gran capacidad de deducción.
-¿Qué... qué haces tú... aquí? - le pregunté estupefacta.
Él se limitó a mirar a la cocainómana con ansiedad, en busca de algún tipo de daño físico. Cuando él me dirigió una mirada cauta y culpable a partes iguales, todo encajó. -¡NO! - grité yo - ¡No! No, no, no... - mi voz se desvaneció mientras yo intentaba asimilar el hecho de que el hombre al que amaba estaba con una mujer que yo tenía que matar.
-Lo siento.
Eso fue lo último que dijo. Recogí el hilo del suelo y lo guardé en su funda. Saqué la pistola de corto alcance y él cerró los ojos. Con los ojos llenos de lágrimas de rabia, humillación e ira, disparé una bala que atravesó ambos corazones. Cayeron ambos al suelo, abrazados. Sabía que habría debido sentirme culpable, pero no sentí nada en absoluto cuando retiré la bala del cuerpo de él y le miré por última vez mientras negaba suavemente con la cabeza. Aún llevaba aquella bala prendida de una cadena al cuello. La toqué en un gesto que pareció casual. Y eso había pasado hace algo más de un año. Por eso me parecía que no estaba del todo preparada.

Cuando salimos del instituto, le pregunté a mis compañeros si iban a ir al funeral.
-¡Venga ya, Juuri-chan! - me dijo un chico de los del grupito del primer día -. No puedes estar pensando en ir de verdad, ¿a que no?
Le dediqué una mirada glacial que pondría de punta los pelos de cualquiera y le contesté:
-Pues si, mira, me lo estoy pensando seriamente.
Todos protestaron, pero yo hice oídos sordos durante todo el tiempo que estuvimos en el autobús todos juntos. Cuando bajé en mi casa, me dije que no iría a esa estúpida película si no cambiaban la hora.

Durante los siguientes días le ayudé con todo en el cementerio, y el viernes fui a su casa para ultimar los preparativos. Era más grande de lo que parecía. Quiero decir que era más grande de lo que parecía por la noche. Cuando me presentó a su madre lo único que pude decir fue:
-Hola, yo soy Takahashi Juuri. Encantada de conocerla, Yuri-senpai.
-Lo mismo digo, querida - me dijo mientras se limpiaba una lágrima.
Curiosamente no sentía el mismo tipo de remordimiento que con Yuki-kun. Le miré y me di cuenta de que me observaba con atención. Cuando nos despedimos de su madre y se fue pasillo abajo le dije:
-¿Qué?
Me miró y me dijo con una sonrisa aún débil me dijo:
-Nada, solo que eres fascinante.
-¿En que sentido?
Se encogió de hombros y me condujo a su habitación.
-¡Wao! - dije.
Nunca la había visto, y lo cierto era que era impresionanate. Era absolutamente blanca: el techo, las paredes, la cama, el dosel y la pintura de la puerta acristalada que con sus vidrieras de colores teñia la pintura blanca de innumerables tonos y que daba a una gran terraza con una carpa móvil llena de libros con varios sofás de color crema. Tenía, dentro de la habitación, un escritorio de color caoba oscuro y una silla móvil de color, obviamente, blanco. Encima del escritorio había un ordenador de sobremesa de Apple, que era como una gran pantalla con todo lo de la torre dentro. Y al lado, un pequeño ordenados portátil. También había una estantería hasta los topes que ocupaba toda una pared (eso quería decir que las pilas y pilas de libros de la terraza no le cabían en la estantería), y, en las mismas paredes habían escritos versos de poemas, letras de canciones entre las que encontré algunas de mis favoritas y citas célebrres mezcladas con dedicatorias de lo más modernas como:'I love U' y cosas por el estilo. Era la habitación de mis sueños. Al ver que me quedaba en la entrada, me dijo:
-¿No quieres entrar?
Le miré con los ojos más abiertos de lo que creía posible.
-¿Estás de broma? ¡Es como un pequeño oasis de cultura en un mundo de ignorantes! - le dije con una risa histérica.
-Gracias - me dijo con una sonrisa que me dejó sin aliento.
Me dirigí como una exhalación a la vidriera de la puerta, y la abrí con suavidad para adentrarme en la terraza de unos cinco por cinco metros. Busqué un buen título y me acomodé en un sofá con el libro sobre las rodillas, sin recordar ni por un momento que esta no era mi casa. Oí una risa proveniente de detrás mío y me giré con irritación para ver quién había interrumpido mi agradable lectura. Le ví acercarse y me puse roja al recordar que esta era su casa, no la mía. Cuando se sentó a mi lado le dije, con la cabeza gacha.
-Lo siento, me vuelvo loca cuando veo muchos libros juntos o cuando voy a una biblioteca. Lo siento.
-¡Ja, ja! No pasa nada, pero reconozco que de todas las personas de mi edad que han pisado esta habitación los han desdeñado olímpicamente.
Abrí desmesuradamente los ojos.
-¡¿De verdad?! ¡Si es la mayor colección de libros que he visto fuera de una biblioteca! ¡Es IMPRESIONANTE!
Se echó a reir de nuevo y escuché maravillada el sonido de su voz.
-Puedo prestarte alguno, si quieres.
-Mmmm... Entonces esto sería una biblioteca. Pero no importa. ¿Entonces, puedo llevarme este?
-Por supuesto. Puedes leerlo aquí, si quieres. Ven todos los días para leer todos los que quieras.
-¡Genial! Quiero decir, que me encantaría venir algunos... días - terminé con un tono de voz algo débil por que me quedé perdida en su verde mirada.
-De acuerdo, pues. ¿Tienes algo que hacer esta tarde?
-Pues, ahora que lo dices... - dije con una expresión pensativa -. Si que tengo que ir a comprarme un vestido nuevo. Por lo de mañana ya sabes, es que no tengo ningún vestido formal. Son todos de fiesta.
-Podría acompañarte.
Alcé las cejas, incrédula. ¿De verdad me había dicho eso?
-¿En serio? ¿Lo dices de verdad? - al ver que asentía le dije -. ¡Vaya! Estás lleno de sorpresas. Vamos, hay una tienda donde te los hacen a medida en 24 horas. Pero tendremos que pasar por mi casa, no llevo dinero encima.
-No te preocupes, ya pago yo. Vamos.
Me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerts de su cuarto. Pero yo le paré cuando llegamos al quicio y le miré seriamente.
-Una cosa es que me dejes uno o varios libros. Pero otra muy diferente es que me pagues un vestido que puede ser muy caro. Además, tengo dinero de sobra. Solo hay que pasar por mi casa.
Me miró fijamente y asintió, casi con pesar.
-De acuerdo, lo que tú quieras.
-¿Por qué tienes tanto interés en pagar un vestido?
-¿Y por qué tienes tú tantas preguntas?
Lo único que pude hacer fue reirme y decir:
-Touché!.

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